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Maud Duquella-Wadestrandt

Dice Maud “Tuve la suerte de acompañar a mis padres a un concierto de Marian Anderson – inolvidable -- y a las presentaciones anuales del Teatro Francés. Las clases de arte eran parte de la educación general. En Haití, el arte está muy presente en la cultura, es lo que le sensibiliza a uno para la percepción del entorno.”

Maud Duquella-Wadestrandt nació en Port-au-Prince , Haití, el 31 de diciembre de 1935. Su padre se llamaba León Wadestrandt, con las profesiones de ingeniero y arquitecto y su madre Odette Bouillon de Valenton, era ama de casa. Ellos supieron inculcar en sus hijos el amor por la literatura, el teatro y la música desde temprana edad.

 
Maud Duquella se graduó del Pensionat Ste. Rose de Lima – sistema educacional francés (Rhetorique y Philosophie) y tomó los exámenes para el Nacional del Baccalaureat. Su padre la envió a EU a estudiar el bachillerato en el College Misericordia, en Dallas, Pennsylvania, de 1953-1957 en donde hizo un BS - Bachillerato en Ciencias Administrativas y Secretariales con una concentración menor en español.  Conocimientos que le fueron luego útiles cuando se abrió campo como marchante de arte en San Juan Puerto Rico.
 
Estando en Haití contrajo nupcias con el Dr. Francis Duquella, quien era dentista. Decidieron emigrar a Puerto Rico debido a la inestabilidad política de Haití bajo el régimen de François Duvalier, donde su esposo tuvo que volver a hacer los estudios de dentista, logrando convertirse eventualmente en profesor en la Escuela de Odontología del Centro Médico de la Universidad de Puerto Rico durante 25 años y mantener su práctica privada. Tuvieron dos hijos, Michel Duquella, que estudió derecho en San Diego School of Law, California y Léon Duquella, que estudió Ingeniería Química en la UPR de Mayagüez, y un nieto de nombre Francis Darío Duquella, a quien llaman por su nombre afectivo verdadero, Monsieur Tiki. Maud ha tenido cerca en Puerto Rico a su hermana Marie Wadestrandt que se dedicó a la enseñanza de niños de Educación Especial en Robinson School.
 
“Aunque realicé estudios en el campo de empresas siempre tuve la inquietud por estudiar literatura y, en el 1975, ingresé en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, en la Escuela Graduada de Literatura de la Facultad de Humanidades. En 1978 aprobé de forma “Satisfactoria” el Examen General de Grado para el Grado de Maestría en Literatura Comparada. Al envolverme en lo que llegó a ser mi gran proyecto de vida que fue la Galería Botello, primero en Plaza Las Américas y luego en la Avenida Roosevelt en Hato Rey, dejé sin completar la investigación de la tesis de maestría que versaba sobre la  influencia de la vanguardia sobre la poesía en Haití”. 
 
En las décadas de 1970 y 80 la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, era el gran centro de estudios humanísticos en donde se debatían las teorías más relevantes del momento, tanto en la literatura como en el arte latinoamericano contemporáneo. Algunos de los profesores que recuerda de ese momento son José Emilio González, quien le introdujo al lenguaje poético del idioma español; a Piri Fernández de Lewis, quien lo hizo con los estudios comparativos de la literatura antillana: Cuba, Puerto Rico, Martinica, Jamaica y St. Lucia; a José Luis González, del cual aprendió sobre sociología del arte; a Magdalena de Ferdinandy con el estudio comparativo de la tragedia griega en el teatro a través de los tiempos. Recuerda que terminaron el curso estudiando la obra de Luis Rafael Sánchez, La pasión según Antígona Pérez. Recuerda también a Arcadio Díaz Quiñones quien le ayudó a desarrollar una visión crítica y le dio una introducción a la teoría de la crítica literaria contemporánea.
 
Cuenta Maud: “No conocí entonces personalmente a Rosario Ferré, pero fui compañera de clases de poesía con Vanessa Droz.   En el opúsculo ‘Palabra’ de la UPR, publicaron un poema de Olga Nolla y otros de Vanessa y dos míos, en francés.
 
La vida cultural intensa que existía en la Universidad de Puerto Rico me cautivó. En la UPR existía una constante programación de exposiciones de artistas locales, conciertos, certámenes de arte de estudiantes, certámenes de artistas, el teatro de pantomimas con Gilda Navarra, conferencias de escritores y artistas, la presentación de óperas, exposiciones de artistas conocidos y artistas visitantes, conciertos tanto de música clásica como de canciones populares de protesta, y de ballet  con presentaciones como la de Alicia Alonso. 
 
Conocí la obra de Myrna Báez en el 1975, cuando ella expuso en el Museo de Arte de la UPR: Myrna Báez: 10 Pinturas y Grabados  lo que  despertó mi interés en su obra.  Su pintura La Lámpara Tíffani me cautivo.  Su obra gráfica fue una revelación para mí.
 
En el Viejo San Juan, la Bienal del Grabado traía grabadores de América Latina que daban conferencias para el público y participaban en actividades culturales y sociales. Creo que la vida del estudiante de esta época estaba constantemente estimulada y abierta a influencias culturales contemporáneas organizadas por la Oficina de Asuntos Estudiantiles y la Facultad de Humanidades. 
 
Mi interés en las artes plásticas siguió y se amplió cuando me ofrecieron un empleo a tiempo parcial  en la Galería Botello de San Juan en 1978. Había pocas galerías entonces.   La de Luigi Marrozini (Galería Colibrí) que colaboró con la creación de la Bienal del Grabado. En el Ateneo existía una galería de pinturas iniciada por Luisa Géigel en los años 1950.  Allí se ofrecían obras de teatro, exposiciones interesantes y conferencias. No existían museos como los que tenemos hoy con una rica actividad de exhibiciones y programas públicos. Yo trataba de presenciar las actividades culturales que se presentaban en el Teatro Tapia en San Juan que eran también eventos culturales muy importantes. 
 
Cuando se anunció una exposición de cerámica de “Manos” en el 1977, por curiosidad la fui a ver. Me sorprendió y fascinó la obra de los ceramistas y nunca la olvidé.  Cuando abrí la Galería, en asociación con Christiane Botello,  en Plaza las Américas en el 1979, con el propósito de llevar una galería de  arte contemporáneo a un público nuevo,  fuera del viejo San Juan donde se concentraban entonces, estuve muy agradecida cuando aceptaron mi invitación para exhibir sus obras y no solamente me las confiaron, sino que colaboraron haciendo demostraciones de sus técnicas en el torno y construcciones de barro en los Festivales de Arte anuales que hacíamos en Plaza. Yo iba a sus exposiciones, conocía a sus miembros y desarrollé una relación que perdura hasta ahora.
 
Luego cuando cerraron su espacio de Casa Candina en el Condado, ya la Galería Botello en Plaza se transformó en su hogar.  Tuve la gran suerte de seguir educándome al estar en contacto con estos artistas. Su visión particular del mundo, su honestidad con el medio, sus lenguajes visionarios, su técnica impecable. Sus investigaciones y atrevimiento con el medio han sido una constante fuente de aprendizaje para mí. 
 
Poco a poco, quise tener las obras que me impresionaron por su hermosura, o por ser tan provocadoras. Ellos me permitían adquirirlas a plazos y así fue creciendo la colección que hoy dona la Familia Duquella- Wadestrandt al Museo y Centro de Estudios Humanísticos Dra. Josefina Camacho de la Nuez de la Universidad del Turabo. Para mí, existe un elemento casi místico en esta transformación del humilde barro en una obra de arte que llega a despertar un sentimiento de asombro y  de emoción estética.”
 
 
Maud Duquella- Wadestrandt